domingo, 8 de noviembre de 2015

4.-El anciano de las estrellas.

       En las montañas del pueblo de Häbeik vivía un señor, un anciano que provenía de las estrellas, de un lugar lejano, de un lugar que sólo él podía imaginar, de un lugar en el tiempo y en el espacio muy lejos de lo que en esos tiempo se podría suponer o vislumbrar. En los sueños de este anciano habitaba la esperanza de un mundo con paz, con armonía, y ese acometido lo quería llevar como ejemplo a otras civilizaciones pues en sus miradas continuas al universo, el sabía que la tranquilidad de prosperar con el regalo de la compasión y la felicidad que emana de la inteligencia y entendimiento de la raza humana, siendo un claro fundamento en la historia del hombre.
      Eligió esas montañas, porque desde la cima de una, de la más alta, se podía ver una única estrella estática, la cual era el centro de toda la constelación que rige el movimiento de todos los planetas y sistemas galácticos que están alrededor de sus aspas. Este anciano se hizo una promesa hace mucho tiempo, cuando llegó de su viaje desde el recóndito universo, y llegó por casualidad, como en muchas de las historias ocurridas en el pasado, dando un sentido digno a lo que hemos de hacer por inercia y causalidad de otros acontecimientos que unen y gían en la linea de suceción de la fe humana o mas bien de los acontecimientos de la verdadera historia que une a los hombres y a sus costumbres. De donde venía se podía ejercer un plácido sentido común, el de ser sensato con respeto hacia los semejantes, y utilizar los poderes sobrenaturales en un digno sentido que ejerciera la fuerza sobre lo bueno, lo grato, lo agradable y lo estimado en concordancia con la paz y la armonía ya que en su lejano planeta vivían pocos, pero felices, pues encontraban en su entorno todo lo aprendido de los siglos luz que emerge alrededor de esa estrella, que era el centro de toda la divinidad del milagro de la vida. En una cúpula blanca, como los copos de nieve que caen en una mañana de frío, sueltos y firmes en la gravedad de la tierra pero ligeros y suaves como los primeros trozos de algodón que vuelan en el verano, llegó, en esa cúpula hermética y de tecnología muy superior a lo imaginable. Cuando los rayos del sol se acercan y entibian el ambiente, como los copos de nieve juntándose unos a otros hasta formar un ligero y trasparente cúmulo lleno de vida, así era la cúpula cuando se posó en los montes de Häjbeik, ligera y llena de vida pues en su grandeza solo tenía un propósito y era llenar de salud, energía y robustez a quienes confiaran en la paz que prestaba su entendimiento, fuera de lo común en la historia salvaje de muchos reyes y mandatarios. Llegó a esa montaña y concebió su idea a un hombre, que empezaría así una historia jamas contada en el universo, pues tendría poderes para hacer posible esa paz y armonía entre todos los que glorifiquen las buenas nuevas y las gratas opciones de convivencia.
      Una vez en la Tierra, antes de ceder lo dos cachorros de leopardos alvinos y la corona mágica a ese señor, al heredero señor de las tierras de Häbeik, se sintió gratificado cuando vio por primera vez ese lugar, con sus paisajes y ambiente, pues el anciano a la vez que consagró ese sitio con un ritual mágico, constató las próximas historias aun por escribir, fijándose de que dependía de la alineación constelar que tenía en ese momento ese lugar y desde entonces, desde ese momento y para siempre, lo mantiene como sagrado.
      Las visitas son agradecidas por quien presta su momento y por quien regala su espacio, para dar y entregar lo mejor de cada uno, lo más sagrado que tienen las personas y los humanos: el respeto a sí mismo y el respeto a los demás, el coraje y la valentía de ser leal, la fortuna de la humildad y el desapego hacía las mundanidades, la destreza por superar los obstáculos que emergen de terceros y la fuerza de ser hábil delante de los improvistos. Invitados somos todos, de la vida que nos rodea y del espacio que recibimos, invitados a vivir y a respetar en la tierra que nos presta su aire y su agua, su tierra y su fuego y sobre todo, la tierra que nos da vida y nos enseña qué es el respeto.
      El anciano le dejó esos regalos a ese señor porque en la visita le contó muchas cosas que él sabía, pero escuchaba, que le hacían reír y reía, que le hacían emocionarse y él se emocionaba, que sabía respetar porque respetaba cada gesto y cada movimiento, cada mirada y cada palabra. También venía de muy lejos, pues llevaba caminando muchas semanas, muchos meses, buscando una estrella que bajó del cielo, que calló en las tierras que ahora visitaba, pues sentía curiosidad por lo que sus ojos vieron caer del cielo, cuando desde su castillo situado en medio de una gran isla, en una noche sin nubes y con un cielo transparente, limpio y estrellado, vio como bajaba suavemente una cúpula celeste y con un centro blanco, con un halo azul intenso bajando hasta posarse en lejanas tierras, cayendo en esas montañas. Ver esa majestuosa esfera surcando los cielos y posándose en las montañas lejanas, hizo emprender el viaje a nuestro protagonista, el señor de las tierras de Häbeik, que impulsado por sus ganas de saber que había dentro de tal hermosura, caminó hasta lograr encontrar ese mágico destino que le prestó el respeto en la vida y el respeto hacia este anciano que le llamó Häbeik nada mas verlo. Cuando nombro a nuestro aventurero, esté se notaba extraño pero a la vez sorprendido, y supo alegrarse de ese nombre que le prestaba ese anciano, nombrándolo señor de esas tierras y señalándole después un confortable sitio para que tomara asiento. Hablaron durante horas, mientras nuestro viajero retomaba fuerzas con algunos alimentos que no había probado nunca, alimentos dulcemente suaves, con una textura de fruta pero con una consistencia parecida al pan de leche y mantequilla, que era la comida de los viajeros del espacio.

      Cuando se forzó para ese largo viaje, su largo viaje, el viaje que le llevaría a ese magnifico lugar, en aquel sitio que le dio larga esperanza como largo camino y tantas cosas sin darse cuenta, recordó la frase que le regaló en su despedida, antes de ir a los montes y buscar el sitio donde empezaría su vida, en su reino, con sus tronos y con sus nuevos horizontes, con sus nuevos propósitos y acciones a descubrir para seguir beneficiándose de su entorno y poder construir aquel hogar que siempre necesitamos tener, pero que siempre logran los humildes de corazón, los que saben de aquella frase, la frase con la que esculpió a pié de trono en un trozo del primer árbol que taló en aquel día, en el día que comenzó la vida para los pobladores la nueva aldea, de la nueva y renovada tierra de Häjbeik.
    Aquella frase que mantuvo durante mucho tiempo en mente, mientras caminaba, mientas buscaba su horizonte hacia el norte, le hizo pensar en todas las posibles combinaciones que pudieran hacer de su espacio un silencio logrando entender la objetividad y complejidad de aquella frase: cuando regreses encontraras lo que dejaste, cuando te vayas recuerda de donde partiste. Y así, el forjó un reinado, con gente que le ayudó encantada, pues el magnetismo de la corona y el símbolo de los dos cachorros, le dio el privilegio de ser rey en aquellos montes, y de ser monarca de aquellos pobladores cercanas a la montaña del señor del espacio, que ya había sido visitado y el cual aconteció con su propósito calculado por el destino celestial, para que formasen ese preciado reinado, ya que sería ejemplo de muchos países y naciones, y así cambiar la fortuna de este planeta Tierra, aun por crecer y aun por poblar.

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