En
las montañas del pueblo de Häbeik vivía un señor, un anciano que
provenía de las estrellas, de un lugar lejano, de un lugar que sólo
él podía imaginar, de un lugar en el tiempo y en el espacio muy
lejos de lo que en esos tiempo se podría suponer o vislumbrar. En
los sueños de este anciano habitaba la esperanza de un mundo con
paz, con armonía, y ese acometido lo quería llevar como ejemplo a
otras civilizaciones pues en sus miradas continuas al universo, el
sabía que la tranquilidad de prosperar con el regalo de la compasión
y la felicidad que emana de la inteligencia y entendimiento de la
raza humana, siendo un claro fundamento en la historia del hombre.
Eligió
esas montañas, porque desde la cima de una, de la más alta, se
podía ver una única estrella estática, la cual era el centro de
toda la constelación que rige el movimiento de todos los planetas y
sistemas galácticos que están alrededor de sus aspas. Este anciano
se hizo una promesa hace mucho tiempo, cuando llegó de su viaje
desde el recóndito universo, y llegó por casualidad, como en muchas
de las historias ocurridas en el pasado, dando un sentido digno a lo
que hemos de hacer por inercia y causalidad de otros acontecimientos
que unen y gían en la linea de suceción de la fe humana o mas bien
de los acontecimientos de la verdadera historia que une a los hombres
y a sus costumbres. De donde venía se podía ejercer un plácido
sentido común, el de ser sensato con respeto hacia los semejantes, y
utilizar los poderes sobrenaturales en un digno sentido que ejerciera
la fuerza sobre lo bueno, lo grato, lo agradable y lo estimado en
concordancia con la paz y la armonía ya que en su lejano planeta
vivían pocos, pero felices, pues encontraban en su entorno todo lo
aprendido de los siglos luz que emerge alrededor de esa estrella, que
era el centro de toda la divinidad del milagro de la vida. En una
cúpula blanca, como los copos de nieve que caen en una mañana de
frío, sueltos y firmes en la gravedad de la tierra pero ligeros y
suaves como los primeros trozos de algodón que vuelan en el verano,
llegó, en esa cúpula hermética y de tecnología muy superior a lo
imaginable. Cuando los rayos del sol se acercan y entibian el
ambiente, como los copos de nieve juntándose unos a otros hasta
formar un ligero y trasparente cúmulo lleno de vida, así era la
cúpula cuando se posó en los montes de Häjbeik, ligera y llena de
vida pues en su grandeza solo tenía un propósito y era llenar de
salud, energía y robustez a quienes confiaran en la paz que
prestaba su entendimiento, fuera de lo común en la historia salvaje
de muchos reyes y mandatarios. Llegó a esa montaña y concebió su
idea a un hombre, que empezaría así una historia jamas contada en
el universo, pues tendría poderes para hacer posible esa paz y
armonía entre todos los que glorifiquen las buenas nuevas y las
gratas opciones de convivencia.
Una
vez en la Tierra, antes de ceder lo dos cachorros de leopardos
alvinos y la corona mágica a ese señor, al heredero señor de las
tierras de Häbeik, se sintió gratificado cuando vio por primera vez
ese lugar, con sus paisajes y ambiente, pues el anciano a la vez que
consagró ese sitio con un ritual mágico, constató las próximas
historias aun por escribir, fijándose de que dependía de la
alineación constelar que tenía en ese momento ese lugar y desde
entonces, desde ese momento y para siempre, lo mantiene como
sagrado.
Las
visitas son agradecidas por quien presta su momento y por quien
regala su espacio, para dar y entregar lo mejor de cada uno, lo más
sagrado que tienen las personas y los humanos: el respeto a sí mismo
y el respeto a los demás, el coraje y la valentía de ser leal, la
fortuna de la humildad y el desapego hacía las mundanidades, la
destreza por superar los obstáculos que emergen de terceros y la
fuerza de ser hábil delante de los improvistos. Invitados somos
todos, de la vida que nos rodea y del espacio que recibimos,
invitados a vivir y a respetar en la tierra que nos presta su aire y
su agua, su tierra y su fuego y sobre todo, la tierra que nos da vida
y nos enseña qué es el respeto.
El
anciano le dejó esos regalos a ese señor porque en la visita le
contó muchas cosas que él sabía, pero escuchaba, que le hacían
reír y reía, que le hacían emocionarse y él se emocionaba, que
sabía respetar porque respetaba cada gesto y cada movimiento, cada
mirada y cada palabra. También venía de muy lejos, pues llevaba
caminando muchas semanas, muchos meses, buscando una estrella que
bajó del cielo, que calló en las tierras que ahora visitaba, pues
sentía curiosidad por lo que sus ojos vieron caer del cielo, cuando
desde su castillo situado en medio de una gran isla, en una noche sin
nubes y con un cielo transparente, limpio y estrellado, vio como
bajaba suavemente una cúpula celeste y con un centro blanco, con un
halo azul intenso bajando hasta posarse en lejanas tierras, cayendo
en esas montañas. Ver esa majestuosa esfera surcando los cielos y
posándose en las montañas lejanas, hizo emprender el viaje a
nuestro protagonista, el señor de las tierras de Häbeik, que
impulsado por sus ganas de saber que había dentro de tal hermosura,
caminó hasta lograr encontrar ese mágico destino que le prestó el
respeto en la vida y el respeto hacia este anciano que le llamó
Häbeik nada mas verlo. Cuando nombro a nuestro aventurero, esté se
notaba extraño pero a la vez sorprendido, y supo alegrarse de ese
nombre que le prestaba ese anciano, nombrándolo señor de esas
tierras y señalándole después un confortable sitio para que tomara
asiento. Hablaron durante horas, mientras nuestro viajero retomaba
fuerzas con algunos alimentos que no había probado nunca, alimentos
dulcemente suaves, con una textura de fruta pero con una consistencia
parecida al pan de leche y mantequilla, que era la comida de los
viajeros del espacio.
Cuando
se forzó para ese largo viaje, su largo viaje, el viaje que le
llevaría a ese magnifico lugar, en aquel sitio que le dio larga
esperanza como largo camino y tantas cosas sin darse cuenta, recordó
la frase que le regaló en su despedida, antes de ir a los montes y
buscar el sitio donde empezaría su vida, en su reino, con sus tronos
y con sus nuevos horizontes, con sus nuevos propósitos y acciones a
descubrir para seguir beneficiándose de su entorno y poder construir
aquel hogar que siempre necesitamos tener, pero que siempre logran
los humildes de corazón, los que saben de aquella frase, la frase
con la que esculpió a pié de trono en un trozo del primer árbol
que taló en aquel día, en el día que comenzó la vida para los
pobladores la nueva aldea, de la nueva y renovada tierra de Häjbeik.
Aquella frase que mantuvo durante mucho tiempo en mente, mientras
caminaba, mientas buscaba su horizonte hacia el norte, le hizo pensar
en todas las posibles combinaciones que pudieran hacer de su espacio
un silencio logrando entender la objetividad y complejidad de aquella
frase: cuando regreses encontraras lo que dejaste, cuando te vayas
recuerda de donde partiste. Y así, el forjó un reinado, con gente
que le ayudó encantada, pues el magnetismo de la corona y el símbolo
de los dos cachorros, le dio el privilegio de ser rey en aquellos
montes, y de ser monarca de aquellos pobladores cercanas a la montaña
del señor del espacio, que ya había sido visitado y el cual
aconteció con su propósito calculado por el destino celestial, para
que formasen ese preciado reinado, ya que sería ejemplo de muchos
países y naciones, y así cambiar la fortuna de este planeta Tierra,
aun por crecer y aun por poblar.
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