martes, 3 de noviembre de 2015

3.- La paz de los hermanos.

      Las mañanas de uno de los hermanos y las tardes de otro, hacían que el recorrido hacia su aventurada montaña fuera agradable, o en el paseo hacia su aventajado castillo les diera en su camino muchas historias para los que observaban sus patas cuando pisaban la hierva, o de sus colas aguantando el equilibrio antes de perder en una curva la velocidad de sus carreras, o de ver sus orejas girarse cuando oían los pasos de alguien al acercarse, antes de quedarse parado para observarlos mientras ellos mismos hacían ruido con sus patas al pisar el suelo lleno de hojas, y otros, buscaban sus pisadas en la nieve, mientras ellos, jugueteaban colina abajo, dejándose caer con sus propios cuerpos, hasta salir uno detrás del otro, correteando y saltando como dos cachorros que han crecido domesticados, para que ni el uno ni el otro fueran independientes, para que el uno con el otro se complementasen en lo que hiciera falta, para que no fuesen unos solitario guepardo de las nieves.
      Los niños de la aldea imitaban a los hermanos de las montañas. Se les veía siempre juntos y todos los niños buscaban juegos en los que dependiera ir de dos en dos. Así, en vez de quedarse uno a la cogida, lo hacían dos, en vez de reclinar uno el lomo para que saltasen, lo hacían dos, en vez de quedarse uno solo contando para que los otros se escondiesen, lo hacían dos y era digno de ver, cómo hermanos y no tan hermanos, jugaban de dos en dos en los juegos por entre los patios y calles o entre las laderas de los montes o quizás por entre los pinares y riachuelos.
     Grandes, enormes, blancos y moteados en negro, con un tono ceniza entre los bigotes y con pequeños trazos difuminados entre sus manchas, así eran los hermanos de las montañas y en las tardes de nevada les hacían mas blancos y altos cuando correteaban por la nieve. Cuando pasaban cerca del molino de agua, se paseaban entre las cascadas de harina, y en verano, después de las cosechas, lamían las piedras del molino donde se molía el grano antes de terminar de lavarlas, limpiándolas de todas las cascarillas y pegotes del trigo molido, y en las mieses se echaban para zarparse el uno al otro, mientras retozaban frescos al llegar de las Piedras del Lomo, sitio donde pasaban entre ellos la mayor parte del tiempo, saltando entre las piedras y por entre las gotas de la cascada, cuando uno hacia nadar al otro al caer entre los esquivos de los juegos, haciéndose mas fuertes y robustos, para llegar lejos y mas rápido a los lugares de donde se criaron y dirigirse hacia el lugar en el que viven, en las habitaciones del Este y del Oeste en el castillo del señor de los montes de Häjbeik.
      En las mañanas, solían pensar en que hacer para tener el tiempo ocupado, en descubrir a donde ir y como o por que lugares ir mas a menudo para luego poder regresar a tiempo del toque del cuerno. Como todo, ir poco a poco y en cada momento, paso a paso, para poder estar en el momento justo a la hora determinada, y poder seguir descubriendo que un sonido de cuerno es llegar a donde suena, y que dos, es ir lo mas rápido posible, pues se acorta la hora de comer y de poder tener un rato al lado de la chimenea, o de un cálido abrazo en el cuello, o tal vez, de unas ligeras friegas con fibras de esponja de calabaza en la barriga, que es donde mas les gusta que los acaricien.
     Cuando se levantaban por la mañana, uno veía el sol al amanecer, se sentaba y recibía los tibios rayos de luz, acercándose cada vez mas su rostro a la ventana, para ver si el día iba a ser nublado para ver nevar o ver llover, o si iba a ser soleado con pocas nubes, pero al igual esperaba a que le abriesen la puerta para salir correteando debajo de los árboles jugando a esquivar los árboles, y si iba a ser un día lleno de luz y de vida no parar de correr hacia la montaña y ver desde arriba todo el reino. Siempre miraba para disfrutar afuera, en los caminos, montes, valles, montañas, ríos, bosques, laderas, e incluso en la ciudad, con sus carros y bueyes, caballos y perros, incluso disfrutar de las personas que les ofrecían lo que estaba estipulado por los reyes, agua mezclada con leche y un poco de harina.
       Jorma, que se levantaba por la mañana y miraba por la ventana del Oeste, observaba el tiempo desde ese otro lado, donde tenia unas grandes montañas a lo lejos, con el lago al pie de la cordillera y los bosques de pino, roble, abetos y encinas que regalaban al pie del castillo todo su vigor y fuerza y que en épocas del año, desde donde siempre se sentaba para ver atardecer, en una pequeña montaña entre dos picos muy bajos, dejaba reposar el sol hasta irse si no habían muchas nubes por el atardecer. Disfrutaba de los atardeceres como ninguno y sabía la hora exacta de rascar la puerta para que se la abrieran y sentarse para contemplar el placer de la tarde mezclándose con la noche, para cenar e ir a dormir hasta que Matti, por la mañana, le regalara un rugido de buenos días mientras el, perezoso se estiraba de placer. Cuando Matti se levantaba miraba el cielo y observaba si vendrían nubes o por donde pasaría el viento para saber hacia que lugares correr, pero en otras veces era Jorma quien simplemente observaba como iba llegando el día. Observaban que harían o que no, pues estaba la tarde por llegar, para esperar al sol y para despedirse de él, hasta bajar hacia el salón y quedarse tumbado en la chimenea.

       Muchas mañanas iba a visitar a su hermano, tanto el uno como el otro. Veces iba a ver amanecer y contemplar también desde la ventana, el buen día que haría y la agradable sensación de un saludo con rayos tenues entre los hocicos de los hermanos, o veces iba a ver las montañas para saber si las nubes estarían en unos rincones o en otros, y así, cada mañana, según tuvieran ganas uno o el otro, disfrutaban de las sensaciones del día dependiendo de los grandes planes para tener un día diferente, pero igual en las propias decisiones que tomamos, tanto los animales, como las persona, tanto más o igual que un día cualquiera que parece igual, con los mismos matices que nos diferencian, para seguir siendo lo que somos, para hacer posible que la monotonía y la rutina muy distinta de lo que en verdad es, y para darle a la mañana y a la tarde un poco del mismo tiempo cada vez que nos hace el sentirnos agradables con los mismos y pocos momentos en los que hacemos posible estar en paz.

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