lunes, 23 de noviembre de 2015

5.- Los comienzos del reinado

      Se había ganado el preciado interés de sus aldeanos, y ya habían construido gran parte del castillo, con piedras traídas de la montaña y cortadas con una herramienta muy curiosa, pues el señor del espacio lo llamaba laser y podía cortar un tronco de una tajada. Construían el castillo con unos pocos caballos arrastrando los bloques y algunos aldeanos poniendo las lozas, con mucha tranquilidad, pues había tiempo. Mientras tuviera la corona en la cabeza, el placer y la paz que emanaban del rey de Häjbeik hacía que todo los aldeanos pusieran mas ganas y mas interés por estar cerca del monarca pues la sensación era indescriptible, como un imán que atrae el metal, esta corona atraía a los hombres y los hacia dignos de paz y de concordia, mientras los cachorros hacían las delicias de los mas pequeños a la vez que jugaban panza arriba con los gatos que se convirtieron en los grandes guepardos de las montañas. Durante meses trabajaron con ahínco, pues las cosechas iban bien, los frutales llenos de frutas, las alacenas llenas de miel y las mesas abundantes con muchos y distintos alimentos elaborados por las aldeanas, que mantenían todo recogido en las casas y guardaban de sus pequeños por las tardes. Entre las decenas de personas que habían y los alimentos que brindaba la tierra eran suficientes, además, trabajaban los justo y con ganas pues desde que bajó por la montaña todos supieron rendir gracias al rey Häjbeik con la pleitesía necesaria, tal y como el señor de los cielos, que bajo para consagrarlo, había advertido al pueblo que se asentaba a los pies de la montaña que dio nombre a los montes de Häjbeik.
      Pasaron unos meses y el castillo estaba construido. Tenia dos plantas y dos torres a los lados, una daba al este y otra al oeste. Con una puerta que daba al norte y un muro al sur, en unos espaciados compartimentos por toda la primera planta y con grandes habitaciones arriba, dio alojamientos al rey y a varios de sus mandatarios, que eran solteros de la aldea que prestaron votos al servicio del monarca y a cumplir la misión que desde un principio se habían comprometido a ello.
      El monarca decidió, al año de vivir en aquellas paredes, que celebraría un festejo para proclamar a su mujer, tal y como le había aconsejado el anciano del espacio, pues ya había llegado su hora. Quería celebrar una fiesta para buscar a su mujer. A él le daba lo mismo quien fuera, pues la trataría como a la mejor de las reinas, pero tenía que buscarla o elegirla. En cuestión de semanas se daría el banquete para el acontecimiento, en el que estaban invitadas todas las mujeres que quisieran desposar al rey. En los pueblos cercanos ya se oía hablar de la magnitud de nuestro rey y llevó a muchas curiosas a palacio. Se esperarían como unas treinta aldeanas, mujeres sencillas con sus mejores ropajes además de algunas condesas y duquesas. En realidad al rey no le importaba la cuna de las mujeres, pues su padre casó con una costurera de palacio e hizo feliz a la mujer que el quería y que siempre querrá. El buscaría a quien verdaderamente pasara la prueba, pues tenía pensado pedir que trajesen cada una un pañuelo, con las iniciales bordadas y con el perfume que ellas utilizasen.
      En ese gran día todos estaban festejando en el baile, aunque se veía a muchas mujeres y poco hombres, hermanos o padres de las que se presentaban en el palacio para ser elegida. Todas habían puesto su pañuelo en un cesto grande en la entrada a la sala del palacio, y en un momento se pudieron ver cantidades de telas bordadas con exquisitos perfumes que dejaban impregnado el ambiente con los mejores y frescos aromas dignos de princesas. Sobre las doce de la noche, todos exhaustos de comer y bailar, se habían parado a petición del rey. Se fueron situando enfrente de los tronos, en el que uno estaba asistido por el rey y en el otro con un cojín y una capa, esperando a la reina. Después de unas palabras en las que todos oyeron como sublimes recomendaciones para la paz y la armonía en esas tierras, también oyeron lo que prometía el rey para su esposa, que tendría una vida sencilla y normal, aquí, al lado de él, y que le daría los hijos que Dios estimara, que tendría a las mascotas a su servicio y que la corona para ella sería labrada con las manos del anciano del espacio, pues todavía no tenía una para ella y no sería inconveniente el partir pronto hacia la montaña y pedirle al anciano semejante joya para el reinado. Como es sabido esta se la dio el señor del espacio y habría que forjar otra para su querida mujer y esposa, una vez pasara la ceremonia de elección.
Las mascotas estaban adiestradas a la mano del rey, que solo con el pensamiento y la corona hacía que los animales en su intuición obedeciesen, pues el pensamiento del señor de los montes de Häjbeik era puro e inmaculado, proveniente de reyes que necesitaban la paz y que lucharon por ella, aun así, el regalo que recibió de los cielos es un milagro mucho mayor que estar por aquella isla y de bote en bote hacia otros reinados en los que ahora quedan muy lejos. Estas mascotas, símbolo de la paz y de la concordia entre semejantes hizo el deleite de quienes allí estaban en un baile, un baile de las dos mascotas que parecía estar ensayado desde hace mucho y que simplemente fue una improvisación entre ellos dos y la magnitud del pensamiento y de la fuerza de la corona. Así que quedaron prendados por la complascencia del ese baile entre hermanos, entregados a moverse dando vueltas a dos patas o juntando las patas delanteras y dando pequeños saltos en concordancia, coordinación y armonía. Sorprendente juego de los animales hechos a la medida de la ocasión, en la que por los pasos y movimientos sincronizados, hicieron que mas de uno se estremeciera al igual que la corona hizo estremece al rey y a sus invitados, con una luz interior en cada uno que hizo ver la claridad del Sol en sus corazones, aunque ya habían pasado de las doce de la noche y la Luna que asomaba llena se dejaba ver por entre los ventanales del salón en el que esperaban para acontecer el gran evento que los había traído hasta allí.
       Después del baile la gran sorpresa, pues se iba a elegir a la dama que acompañaría a nuestro señor y todavía era un misterio el que supiesen quien iba o como la iban a elegir. Los hermanos se pusieron en el centro de la sala y se pidió que las damas se pusieren alrededor, todas cogidas de la mano. Estaban bastante junta pues el espacio del salón no es que fuese pequeño, es que habían como unas ochenta mujeres alrededor del trono. Un ayudante del rey colocó la cesta con los pañuelos en el centro, cerca de Matti y Jorma y de repente de apago la luz de las velas que iluminaban el salón. Entonces la corona empezó a irradiar una luz suave pero intensa. Se podía mirar a pesar de lo que destellaba y Matti fue hacia el cesto con los pañuelos, empezó a mover el hocico dentro de el y cogió uno de los pañuelos de entre todos los que estaban en el. Por otro lado, Jorma se dirigió hacia una de las muchachas y la cogió de la mano con su boca, entonces Matti se acercó y le dio su pañuelo a la vez que la cogía por la otra mano y caminando hasta el trono, donde le esperaba el rey de pié, llegando ella sola a coger la mano del rey, en la misma que tenía el pañuelo para invitarla a sentarse en el trono. Poco a poco fue llegando la luz, mientras unas pequeñas esferas volátiles iban prendiendo las mechas de las velas y al poco todo estaba iluminado.
-¿Cómo te llamas?- preguntó el rey
-Me llamo Serena.
-Yo soy Klenor, rey de los Montes de Häjbeik y te tomo por esposa. Mañana será la boda. Estáis todos invitados.
El estallido de jolgorio y de aplausos inundó todo el castillo, y los hermanos se dirigieron a sus aposentos, para descansar y el rey y la reina se fueron da dar un paseo por entre los jardines, que al lado del bosque parecían pequeños y diminutos, ya que los grandes árboles impresionaban en sus sombras con la luna, debido a la grandeza y altura y también por el aleteo de un montón de pájaros al salir a cielo abierto. Pasearon durante un buen rato y se hablaron, se conocieron, se intercambiaron los pañuelos y cada uno se sorprendía de el otro, ya que como novicios tienen que hacer lo mejor el uno por el otro y sembrar desde el primer momento las bendiciones prestadas a cambio de amor.
      La mañana fue de lo mas tranquila. Había sol y se había quedado mucha gente en palacio y en unas casetas improvisadas para tal evento. Todos tenían ganas de presenciar la boda y lo mas sorprendente, sería el anciano del espacio quien los casara. Llegó muy temprano y ya se habían levantado Matti y Jorma y también nuestro rey, pues le dio de desayunar a los hermanos y a la reina la llevó a la mesa donde desayunaron plácidamente. Sobre el medio día, en la carpa central de los jardines se podía ver el brillo de la corona y al lado una mas pequeña que quería brillar tanto o más como la del rey pero que guardará sus funciones tal y como estaba predestinado.
       En el paseo hasta llegar al altar fue apoteósico, donde esperaba el anciano del espacio, cogidos de la mano y dando pasos largos y definidos a un compás. No paraban de aplaudir y de dar vítores a los reyes, en particular a la novicia y mujer del señor de los montes de Häjbeik. Para dar paso en la historia y proclamar a la mujer reina, habían votos que los definieron y entre ellos estaba la de guardar la vida y el honor en paz y armonía, en un mundo que precisa el amor hacia todas las cosas, ellos celosamente guardarían ese honor y proclamarían en sus tronos la mejor intención de todas, vivir para cada ser en particular y gozar con cada uno de ellos para que la dicha entre los consortes sea gratificada con toda la comprensión del mundo y con toda la mejor intención de la verdad que pueda dar paso a una vida mejor para todos.
Al llegar al altar, se sentaron en los tronos predispuestos, con los guepardos a los lados y con una corona puesta en un cojín, para dar paso a unas palabras del anciano y otorgar los poderes a la reina, que tan galantemente habían escogido los hermanos guepardos de las nieves. Los poderes de la reina serian salvaguardar el honor de la verdad y de la honestidad, para que todos, en un mundo mejor, puedan hacer de la palabra una buena intención y así guardar la compostura para todas las ocasiones.

      Una vez coronada, se levantaron ambos de sus tronos, se miraron, se cogieron de la mano y por primera vez se besaron, bajo un estrepitoso aplaudir de la gente y de vítores que los hacían dichosos en esta boda tan especial para quienes quieren tomar de la mano la buena intención de las costumbres.

domingo, 8 de noviembre de 2015

4.-El anciano de las estrellas.

       En las montañas del pueblo de Häbeik vivía un señor, un anciano que provenía de las estrellas, de un lugar lejano, de un lugar que sólo él podía imaginar, de un lugar en el tiempo y en el espacio muy lejos de lo que en esos tiempo se podría suponer o vislumbrar. En los sueños de este anciano habitaba la esperanza de un mundo con paz, con armonía, y ese acometido lo quería llevar como ejemplo a otras civilizaciones pues en sus miradas continuas al universo, el sabía que la tranquilidad de prosperar con el regalo de la compasión y la felicidad que emana de la inteligencia y entendimiento de la raza humana, siendo un claro fundamento en la historia del hombre.
      Eligió esas montañas, porque desde la cima de una, de la más alta, se podía ver una única estrella estática, la cual era el centro de toda la constelación que rige el movimiento de todos los planetas y sistemas galácticos que están alrededor de sus aspas. Este anciano se hizo una promesa hace mucho tiempo, cuando llegó de su viaje desde el recóndito universo, y llegó por casualidad, como en muchas de las historias ocurridas en el pasado, dando un sentido digno a lo que hemos de hacer por inercia y causalidad de otros acontecimientos que unen y gían en la linea de suceción de la fe humana o mas bien de los acontecimientos de la verdadera historia que une a los hombres y a sus costumbres. De donde venía se podía ejercer un plácido sentido común, el de ser sensato con respeto hacia los semejantes, y utilizar los poderes sobrenaturales en un digno sentido que ejerciera la fuerza sobre lo bueno, lo grato, lo agradable y lo estimado en concordancia con la paz y la armonía ya que en su lejano planeta vivían pocos, pero felices, pues encontraban en su entorno todo lo aprendido de los siglos luz que emerge alrededor de esa estrella, que era el centro de toda la divinidad del milagro de la vida. En una cúpula blanca, como los copos de nieve que caen en una mañana de frío, sueltos y firmes en la gravedad de la tierra pero ligeros y suaves como los primeros trozos de algodón que vuelan en el verano, llegó, en esa cúpula hermética y de tecnología muy superior a lo imaginable. Cuando los rayos del sol se acercan y entibian el ambiente, como los copos de nieve juntándose unos a otros hasta formar un ligero y trasparente cúmulo lleno de vida, así era la cúpula cuando se posó en los montes de Häjbeik, ligera y llena de vida pues en su grandeza solo tenía un propósito y era llenar de salud, energía y robustez a quienes confiaran en la paz que prestaba su entendimiento, fuera de lo común en la historia salvaje de muchos reyes y mandatarios. Llegó a esa montaña y concebió su idea a un hombre, que empezaría así una historia jamas contada en el universo, pues tendría poderes para hacer posible esa paz y armonía entre todos los que glorifiquen las buenas nuevas y las gratas opciones de convivencia.
      Una vez en la Tierra, antes de ceder lo dos cachorros de leopardos alvinos y la corona mágica a ese señor, al heredero señor de las tierras de Häbeik, se sintió gratificado cuando vio por primera vez ese lugar, con sus paisajes y ambiente, pues el anciano a la vez que consagró ese sitio con un ritual mágico, constató las próximas historias aun por escribir, fijándose de que dependía de la alineación constelar que tenía en ese momento ese lugar y desde entonces, desde ese momento y para siempre, lo mantiene como sagrado.
      Las visitas son agradecidas por quien presta su momento y por quien regala su espacio, para dar y entregar lo mejor de cada uno, lo más sagrado que tienen las personas y los humanos: el respeto a sí mismo y el respeto a los demás, el coraje y la valentía de ser leal, la fortuna de la humildad y el desapego hacía las mundanidades, la destreza por superar los obstáculos que emergen de terceros y la fuerza de ser hábil delante de los improvistos. Invitados somos todos, de la vida que nos rodea y del espacio que recibimos, invitados a vivir y a respetar en la tierra que nos presta su aire y su agua, su tierra y su fuego y sobre todo, la tierra que nos da vida y nos enseña qué es el respeto.
      El anciano le dejó esos regalos a ese señor porque en la visita le contó muchas cosas que él sabía, pero escuchaba, que le hacían reír y reía, que le hacían emocionarse y él se emocionaba, que sabía respetar porque respetaba cada gesto y cada movimiento, cada mirada y cada palabra. También venía de muy lejos, pues llevaba caminando muchas semanas, muchos meses, buscando una estrella que bajó del cielo, que calló en las tierras que ahora visitaba, pues sentía curiosidad por lo que sus ojos vieron caer del cielo, cuando desde su castillo situado en medio de una gran isla, en una noche sin nubes y con un cielo transparente, limpio y estrellado, vio como bajaba suavemente una cúpula celeste y con un centro blanco, con un halo azul intenso bajando hasta posarse en lejanas tierras, cayendo en esas montañas. Ver esa majestuosa esfera surcando los cielos y posándose en las montañas lejanas, hizo emprender el viaje a nuestro protagonista, el señor de las tierras de Häbeik, que impulsado por sus ganas de saber que había dentro de tal hermosura, caminó hasta lograr encontrar ese mágico destino que le prestó el respeto en la vida y el respeto hacia este anciano que le llamó Häbeik nada mas verlo. Cuando nombro a nuestro aventurero, esté se notaba extraño pero a la vez sorprendido, y supo alegrarse de ese nombre que le prestaba ese anciano, nombrándolo señor de esas tierras y señalándole después un confortable sitio para que tomara asiento. Hablaron durante horas, mientras nuestro viajero retomaba fuerzas con algunos alimentos que no había probado nunca, alimentos dulcemente suaves, con una textura de fruta pero con una consistencia parecida al pan de leche y mantequilla, que era la comida de los viajeros del espacio.

      Cuando se forzó para ese largo viaje, su largo viaje, el viaje que le llevaría a ese magnifico lugar, en aquel sitio que le dio larga esperanza como largo camino y tantas cosas sin darse cuenta, recordó la frase que le regaló en su despedida, antes de ir a los montes y buscar el sitio donde empezaría su vida, en su reino, con sus tronos y con sus nuevos horizontes, con sus nuevos propósitos y acciones a descubrir para seguir beneficiándose de su entorno y poder construir aquel hogar que siempre necesitamos tener, pero que siempre logran los humildes de corazón, los que saben de aquella frase, la frase con la que esculpió a pié de trono en un trozo del primer árbol que taló en aquel día, en el día que comenzó la vida para los pobladores la nueva aldea, de la nueva y renovada tierra de Häjbeik.
    Aquella frase que mantuvo durante mucho tiempo en mente, mientras caminaba, mientas buscaba su horizonte hacia el norte, le hizo pensar en todas las posibles combinaciones que pudieran hacer de su espacio un silencio logrando entender la objetividad y complejidad de aquella frase: cuando regreses encontraras lo que dejaste, cuando te vayas recuerda de donde partiste. Y así, el forjó un reinado, con gente que le ayudó encantada, pues el magnetismo de la corona y el símbolo de los dos cachorros, le dio el privilegio de ser rey en aquellos montes, y de ser monarca de aquellos pobladores cercanas a la montaña del señor del espacio, que ya había sido visitado y el cual aconteció con su propósito calculado por el destino celestial, para que formasen ese preciado reinado, ya que sería ejemplo de muchos países y naciones, y así cambiar la fortuna de este planeta Tierra, aun por crecer y aun por poblar.

martes, 3 de noviembre de 2015

3.- La paz de los hermanos.

      Las mañanas de uno de los hermanos y las tardes de otro, hacían que el recorrido hacia su aventurada montaña fuera agradable, o en el paseo hacia su aventajado castillo les diera en su camino muchas historias para los que observaban sus patas cuando pisaban la hierva, o de sus colas aguantando el equilibrio antes de perder en una curva la velocidad de sus carreras, o de ver sus orejas girarse cuando oían los pasos de alguien al acercarse, antes de quedarse parado para observarlos mientras ellos mismos hacían ruido con sus patas al pisar el suelo lleno de hojas, y otros, buscaban sus pisadas en la nieve, mientras ellos, jugueteaban colina abajo, dejándose caer con sus propios cuerpos, hasta salir uno detrás del otro, correteando y saltando como dos cachorros que han crecido domesticados, para que ni el uno ni el otro fueran independientes, para que el uno con el otro se complementasen en lo que hiciera falta, para que no fuesen unos solitario guepardo de las nieves.
      Los niños de la aldea imitaban a los hermanos de las montañas. Se les veía siempre juntos y todos los niños buscaban juegos en los que dependiera ir de dos en dos. Así, en vez de quedarse uno a la cogida, lo hacían dos, en vez de reclinar uno el lomo para que saltasen, lo hacían dos, en vez de quedarse uno solo contando para que los otros se escondiesen, lo hacían dos y era digno de ver, cómo hermanos y no tan hermanos, jugaban de dos en dos en los juegos por entre los patios y calles o entre las laderas de los montes o quizás por entre los pinares y riachuelos.
     Grandes, enormes, blancos y moteados en negro, con un tono ceniza entre los bigotes y con pequeños trazos difuminados entre sus manchas, así eran los hermanos de las montañas y en las tardes de nevada les hacían mas blancos y altos cuando correteaban por la nieve. Cuando pasaban cerca del molino de agua, se paseaban entre las cascadas de harina, y en verano, después de las cosechas, lamían las piedras del molino donde se molía el grano antes de terminar de lavarlas, limpiándolas de todas las cascarillas y pegotes del trigo molido, y en las mieses se echaban para zarparse el uno al otro, mientras retozaban frescos al llegar de las Piedras del Lomo, sitio donde pasaban entre ellos la mayor parte del tiempo, saltando entre las piedras y por entre las gotas de la cascada, cuando uno hacia nadar al otro al caer entre los esquivos de los juegos, haciéndose mas fuertes y robustos, para llegar lejos y mas rápido a los lugares de donde se criaron y dirigirse hacia el lugar en el que viven, en las habitaciones del Este y del Oeste en el castillo del señor de los montes de Häjbeik.
      En las mañanas, solían pensar en que hacer para tener el tiempo ocupado, en descubrir a donde ir y como o por que lugares ir mas a menudo para luego poder regresar a tiempo del toque del cuerno. Como todo, ir poco a poco y en cada momento, paso a paso, para poder estar en el momento justo a la hora determinada, y poder seguir descubriendo que un sonido de cuerno es llegar a donde suena, y que dos, es ir lo mas rápido posible, pues se acorta la hora de comer y de poder tener un rato al lado de la chimenea, o de un cálido abrazo en el cuello, o tal vez, de unas ligeras friegas con fibras de esponja de calabaza en la barriga, que es donde mas les gusta que los acaricien.
     Cuando se levantaban por la mañana, uno veía el sol al amanecer, se sentaba y recibía los tibios rayos de luz, acercándose cada vez mas su rostro a la ventana, para ver si el día iba a ser nublado para ver nevar o ver llover, o si iba a ser soleado con pocas nubes, pero al igual esperaba a que le abriesen la puerta para salir correteando debajo de los árboles jugando a esquivar los árboles, y si iba a ser un día lleno de luz y de vida no parar de correr hacia la montaña y ver desde arriba todo el reino. Siempre miraba para disfrutar afuera, en los caminos, montes, valles, montañas, ríos, bosques, laderas, e incluso en la ciudad, con sus carros y bueyes, caballos y perros, incluso disfrutar de las personas que les ofrecían lo que estaba estipulado por los reyes, agua mezclada con leche y un poco de harina.
       Jorma, que se levantaba por la mañana y miraba por la ventana del Oeste, observaba el tiempo desde ese otro lado, donde tenia unas grandes montañas a lo lejos, con el lago al pie de la cordillera y los bosques de pino, roble, abetos y encinas que regalaban al pie del castillo todo su vigor y fuerza y que en épocas del año, desde donde siempre se sentaba para ver atardecer, en una pequeña montaña entre dos picos muy bajos, dejaba reposar el sol hasta irse si no habían muchas nubes por el atardecer. Disfrutaba de los atardeceres como ninguno y sabía la hora exacta de rascar la puerta para que se la abrieran y sentarse para contemplar el placer de la tarde mezclándose con la noche, para cenar e ir a dormir hasta que Matti, por la mañana, le regalara un rugido de buenos días mientras el, perezoso se estiraba de placer. Cuando Matti se levantaba miraba el cielo y observaba si vendrían nubes o por donde pasaría el viento para saber hacia que lugares correr, pero en otras veces era Jorma quien simplemente observaba como iba llegando el día. Observaban que harían o que no, pues estaba la tarde por llegar, para esperar al sol y para despedirse de él, hasta bajar hacia el salón y quedarse tumbado en la chimenea.

       Muchas mañanas iba a visitar a su hermano, tanto el uno como el otro. Veces iba a ver amanecer y contemplar también desde la ventana, el buen día que haría y la agradable sensación de un saludo con rayos tenues entre los hocicos de los hermanos, o veces iba a ver las montañas para saber si las nubes estarían en unos rincones o en otros, y así, cada mañana, según tuvieran ganas uno o el otro, disfrutaban de las sensaciones del día dependiendo de los grandes planes para tener un día diferente, pero igual en las propias decisiones que tomamos, tanto los animales, como las persona, tanto más o igual que un día cualquiera que parece igual, con los mismos matices que nos diferencian, para seguir siendo lo que somos, para hacer posible que la monotonía y la rutina muy distinta de lo que en verdad es, y para darle a la mañana y a la tarde un poco del mismo tiempo cada vez que nos hace el sentirnos agradables con los mismos y pocos momentos en los que hacemos posible estar en paz.