Se había ganado el
preciado interés de sus aldeanos, y ya habían construido gran parte
del castillo, con piedras traídas de la montaña y cortadas con una
herramienta muy curiosa, pues el señor del espacio lo llamaba laser
y podía cortar un tronco de una tajada. Construían el castillo con
unos pocos caballos arrastrando los bloques y algunos aldeanos
poniendo las lozas, con mucha tranquilidad, pues había tiempo.
Mientras tuviera la corona en la cabeza, el placer y la paz que
emanaban del rey de Häjbeik hacía que todo los aldeanos pusieran
mas ganas y mas interés por estar cerca del monarca pues la
sensación era indescriptible, como un imán que atrae el metal, esta
corona atraía a los hombres y los hacia dignos de paz y de
concordia, mientras los cachorros hacían las delicias de los mas
pequeños a la vez que jugaban panza arriba con los gatos que se
convirtieron en los grandes guepardos de las montañas. Durante meses
trabajaron con ahínco, pues las cosechas iban bien, los frutales
llenos de frutas, las alacenas llenas de miel y las mesas abundantes
con muchos y distintos alimentos elaborados por las aldeanas, que
mantenían todo recogido en las casas y guardaban de sus pequeños
por las tardes. Entre las decenas de personas que habían y los
alimentos que brindaba la tierra eran suficientes, además,
trabajaban los justo y con ganas pues desde que bajó por la montaña
todos supieron rendir gracias al rey Häjbeik con la pleitesía
necesaria, tal y como el señor de los cielos, que bajo para
consagrarlo, había advertido al pueblo que se asentaba a los pies de
la montaña que dio nombre a los montes de Häjbeik.
Pasaron unos meses y el
castillo estaba construido. Tenia dos plantas y dos torres a los
lados, una daba al este y otra al oeste. Con una puerta que daba al
norte y un muro al sur, en unos espaciados compartimentos por toda la
primera planta y con grandes habitaciones arriba, dio alojamientos al
rey y a varios de sus mandatarios, que eran solteros de la aldea que
prestaron votos al servicio del monarca y a cumplir la misión que
desde un principio se habían comprometido a ello.
El monarca decidió, al
año de vivir en aquellas paredes, que celebraría un festejo para
proclamar a su mujer, tal y como le había aconsejado el anciano del
espacio, pues ya había llegado su hora. Quería celebrar una fiesta
para buscar a su mujer. A él le daba lo mismo quien fuera, pues la
trataría como a la mejor de las reinas, pero tenía que buscarla o
elegirla. En cuestión de semanas se daría el banquete para el
acontecimiento, en el que estaban invitadas todas las mujeres que
quisieran desposar al rey. En los pueblos cercanos ya se oía hablar
de la magnitud de nuestro rey y llevó a muchas curiosas a palacio.
Se esperarían como unas treinta aldeanas, mujeres sencillas con sus
mejores ropajes además de algunas condesas y duquesas. En realidad
al rey no le importaba la cuna de las mujeres, pues su padre casó
con una costurera de palacio e hizo feliz a la mujer que el quería y
que siempre querrá. El buscaría a quien verdaderamente pasara la
prueba, pues tenía pensado pedir que trajesen cada una un pañuelo,
con las iniciales bordadas y con el perfume que ellas utilizasen.
En ese gran día todos
estaban festejando en el baile, aunque se veía a muchas mujeres y
poco hombres, hermanos o padres de las que se presentaban en el
palacio para ser elegida. Todas habían puesto su pañuelo en un
cesto grande en la entrada a la sala del palacio, y en un momento se
pudieron ver cantidades de telas bordadas con exquisitos perfumes que
dejaban impregnado el ambiente con los mejores y frescos aromas
dignos de princesas. Sobre las doce de la noche, todos exhaustos de
comer y bailar, se habían parado a petición del rey. Se fueron
situando enfrente de los tronos, en el que uno estaba asistido por el
rey y en el otro con un cojín y una capa, esperando a la reina.
Después de unas palabras en las que todos oyeron como sublimes
recomendaciones para la paz y la armonía en esas tierras, también
oyeron lo que prometía el rey para su esposa, que tendría una vida
sencilla y normal, aquí, al lado de él, y que le daría los hijos
que Dios estimara, que tendría a las mascotas a su servicio y que la
corona para ella sería labrada con las manos del anciano del
espacio, pues todavía no tenía una para ella y no sería
inconveniente el partir pronto hacia la montaña y pedirle al anciano
semejante joya para el reinado. Como es sabido esta se la dio el
señor del espacio y habría que forjar otra para su querida mujer y
esposa, una vez pasara la ceremonia de elección.
Las mascotas estaban
adiestradas a la mano del rey, que solo con el pensamiento y la
corona hacía que los animales en su intuición obedeciesen, pues el
pensamiento del señor de los montes de Häjbeik era puro e
inmaculado, proveniente de reyes que necesitaban la paz y que
lucharon por ella, aun así, el regalo que recibió de los cielos es
un milagro mucho mayor que estar por aquella isla y de bote en bote
hacia otros reinados en los que ahora quedan muy lejos. Estas
mascotas, símbolo de la paz y de la concordia entre semejantes hizo
el deleite de quienes allí estaban en un baile, un baile de las dos
mascotas que parecía estar ensayado desde hace mucho y que
simplemente fue una improvisación entre ellos dos y la magnitud del
pensamiento y de la fuerza de la corona. Así que quedaron prendados
por la complascencia del ese baile entre hermanos, entregados a
moverse dando vueltas a dos patas o juntando las patas delanteras y
dando pequeños saltos en concordancia, coordinación y armonía.
Sorprendente juego de los animales hechos a la medida de la ocasión,
en la que por los pasos y movimientos sincronizados, hicieron que mas
de uno se estremeciera al igual que la corona hizo estremece al rey y
a sus invitados, con una luz interior en cada uno que hizo ver la
claridad del Sol en sus corazones, aunque ya habían pasado de las
doce de la noche y la Luna que asomaba llena se dejaba ver por entre
los ventanales del salón en el que esperaban para acontecer el gran
evento que los había traído hasta allí.
Después del baile la
gran sorpresa, pues se iba a elegir a la dama que acompañaría a
nuestro señor y todavía era un misterio el que supiesen quien iba o
como la iban a elegir. Los hermanos se pusieron en el centro de la
sala y se pidió que las damas se pusieren alrededor, todas cogidas
de la mano. Estaban bastante junta pues el espacio del salón no es
que fuese pequeño, es que habían como unas ochenta mujeres
alrededor del trono. Un ayudante del rey colocó la cesta con los
pañuelos en el centro, cerca de Matti y Jorma y de repente de apago
la luz de las velas que iluminaban el salón. Entonces la corona
empezó a irradiar una luz suave pero intensa. Se podía mirar a
pesar de lo que destellaba y Matti fue hacia el cesto con los
pañuelos, empezó a mover el hocico dentro de el y cogió uno de los
pañuelos de entre todos los que estaban en el. Por otro lado, Jorma
se dirigió hacia una de las muchachas y la cogió de la mano con su
boca, entonces Matti se acercó y le dio su pañuelo a la vez que la
cogía por la otra mano y caminando hasta el trono, donde le esperaba
el rey de pié, llegando ella sola a coger la mano del rey, en la
misma que tenía el pañuelo para invitarla a sentarse en el trono.
Poco a poco fue llegando la luz, mientras unas pequeñas esferas
volátiles iban prendiendo las mechas de las velas y al poco todo
estaba iluminado.
-¿Cómo te llamas?-
preguntó el rey
-Me llamo Serena.
-Yo soy Klenor, rey de
los Montes de Häjbeik y te tomo por esposa. Mañana será la boda.
Estáis todos invitados.
El estallido de jolgorio
y de aplausos inundó todo el castillo, y los hermanos se dirigieron
a sus aposentos, para descansar y el rey y la reina se fueron da dar
un paseo por entre los jardines, que al lado del bosque parecían
pequeños y diminutos, ya que los grandes árboles impresionaban en
sus sombras con la luna, debido a la grandeza y altura y también por
el aleteo de un montón de pájaros al salir a cielo abierto.
Pasearon durante un buen rato y se hablaron, se conocieron, se
intercambiaron los pañuelos y cada uno se sorprendía de el otro, ya
que como novicios tienen que hacer lo mejor el uno por el otro y
sembrar desde el primer momento las bendiciones prestadas a cambio de
amor.
La mañana fue de lo mas
tranquila. Había sol y se había quedado mucha gente en palacio y en
unas casetas improvisadas para tal evento. Todos tenían ganas de
presenciar la boda y lo mas sorprendente, sería el anciano del
espacio quien los casara. Llegó muy temprano y ya se habían
levantado Matti y Jorma y también nuestro rey, pues le dio de
desayunar a los hermanos y a la reina la llevó a la mesa donde
desayunaron plácidamente. Sobre el medio día, en la carpa central
de los jardines se podía ver el brillo de la corona y al lado una
mas pequeña que quería brillar tanto o más como la del rey pero
que guardará sus funciones tal y como estaba predestinado.
En el paseo hasta llegar
al altar fue apoteósico, donde esperaba el anciano del espacio,
cogidos de la mano y dando pasos largos y definidos a un compás. No
paraban de aplaudir y de dar vítores a los reyes, en particular a la
novicia y mujer del señor de los montes de Häjbeik. Para dar paso
en la historia y proclamar a la mujer reina, habían votos que los
definieron y entre ellos estaba la de guardar la vida y el honor en
paz y armonía, en un mundo que precisa el amor hacia todas las
cosas, ellos celosamente guardarían ese honor y proclamarían en sus
tronos la mejor intención de todas, vivir para cada ser en
particular y gozar con cada uno de ellos para que la dicha entre los
consortes sea gratificada con toda la comprensión del mundo y con
toda la mejor intención de la verdad que pueda dar paso a una vida
mejor para todos.
Al llegar al altar, se
sentaron en los tronos predispuestos, con los guepardos a los lados y
con una corona puesta en un cojín, para dar paso a unas palabras del
anciano y otorgar los poderes a la reina, que tan galantemente habían
escogido los hermanos guepardos de las nieves. Los poderes de la
reina serian salvaguardar el honor de la verdad y de la honestidad,
para que todos, en un mundo mejor, puedan hacer de la palabra una
buena intención y así guardar la compostura para todas las
ocasiones.
Una vez coronada, se
levantaron ambos de sus tronos, se miraron, se cogieron de la mano y
por primera vez se besaron, bajo un estrepitoso aplaudir de la gente
y de vítores que los hacían dichosos en esta boda tan especial para
quienes quieren tomar de la mano la buena intención de las
costumbres.