miércoles, 28 de octubre de 2015

2.Los dos hermanos y el rey.

Los dos hermanos guepardos estaban predispuestos a convivir, pues alimentándose de pan sin levadura y con leche, no podían sentir el olor a la carne ni intentar alimentarse de ella y con sus juegos de cachorros se hacían domésticos bajo la tutela del rey, que los entrenaba para que prefirieran unas caricias en la panza a morderse entre ellos, pues suavizar su educación les daría el privilegio de convivir también con los seres humanos, a pesar de su procedencia, ya que venían de las estrellas, junto a la corona que tiene el poder de amar, hacer gozar y llenar de dicha a quien desea la paz para darle el gratificante placer de ello.
Llevar todo el tiempo al cuidado del bien y a la observación del mal, entre los que hacían posible la vida en el palacio y entre todos los habitantes que visitaban el castillo, cuidaban también en sus paseos a todos los que hablaban o a todos los que simplemente pasaban cerca de los hermanos, haciendo sentir dignidad humana como el posible hecho que haría hombres de bien, mientras otros, tentados por el miedo eran sometidos a entregar sus temores con simplemente ir a visitar el castillo. Vivían dentro de palacio, con esas paredes de piedra y madera y suelos de baldosas de un color blanco, procedentes de las montañas sagradas, donde dormían en unas habitaciones hechas para cada uno, y para cada instante en la noche, con vistas muy parecidas pero con distintas ventanas, pues una miraba al amanecer y la otro al atardecer, donde desde siempre, en la ventana del amanecer, Matti deseaba empezar bien, con todas sus responsabilidades puestas entre sus patas y con todas las energías para salir y subir la loma a la montaña cuando podían pasar el rato, antes de ser llamados para su puesta entre los tronos, uno a la derecha del rey y otro a la izquierda de la reina, sentados como esfinges y dócilmente amaestrados, sin cadenas y con los collares de gemas preciosas, libres y obedientes, ágiles y fuertes, atentos y legibles, instituidos y estudiosos, tangibles y positivos, armoniosos y contemplativos, sentados como dos hermanos que se miran el uno al otro, esperando uno ese amanecer en cada día para saber que tal van las cosas en esas montañas de que quiere pisar y recorrer para llegar lejos o hasta la misma cima que guarda un poco de su hermano, el que buscaba el atardecer, el que necesitaba ir a recorrer las lomas abajo, y cernirse sobre las patas para llegar y descansar, el hermano que buscaba la noche y la calma, el que pedía un poco más de comida, el que esperaba atender al descanso y a la calidez y el resguardo de la casa, del castillo, de su habitación que daba al atardecer y que antes de comer y saciar el hambre que se le dan los cereales con los que acostumbraron a comer a los guepardos de las nieves. Pasaba por su habitación y miraba por la ventana, miraba como se escondía el sol, entre las montañas que cubría a sus pies el gran lago y que el reflejo de colores en distintas épocas del año se mezclaba con las sombras de los árboles cuando hacia viento y la nieve caía de sus copas.
Los hermanos guepardo de las nieves, Matty y Jorma, cada vez que buscaban, uno un poco la mañana y el otro a la tarde, se distanciaban entre sus caminos, y entre sus sueños y ensueños que necesitaban para seguir el uno con el otro, aunque al lado de los reyes, como dos animales sagrados, como dos enormes mascotas que mantienen el símbolo de la paz para todos, estuvieran iguales, idénticos, a diferencia de una mancha que en la frente, pues Matty tenía una más arriba que Jorma. Ellos fueron regalo del Dios Eom para poder calmar el pueblo, y darles poder, y darles grandezas a todos, y sobre todo hacer de los reyes de las tierras de Häjbeik el más grande de los reinos, para hacer descubrir que la paz hace al hombre y que la humanidad se construye con el respeto de esa paz.
La corona que sustentaba el rey llevaba tiempo sin brillar, sin tener su esplendor mágico, pues ella misma era sabia y conocía todo lo que necesitaban en su tiempo, pues en reposo, para lograr entender y conseguir esa paz, entendía que todos llevaban un poco de humanidad para darle sentido a la vida, con el respeto que ella misma procesa en los momentos de debilidad, pues con la humildad de reconocer un error, la paz promueve ese entusiasmo para sí mismo, ya que puede hacer cursar el milagro del silencio al pedir ese poco a todos nos hace grandes, como la comprensión que otorgaban a ese silencio el más sabio y más grande de todos los instantes y momentos, pues dividía a los dos reinos, el del bien y el del mal.
Siempre hay un sitio en el que buscar lo correcto y lo incorrecto. Ese sito que daba la libertad de ser uno mismo y de tener todas las herramientas para darle al reino el más preciado poder, el poder darle al pueblo un mejor sitio y un mejor lugar para todos, donde el bien es ir por las mañanas a buscar que hacer y el poco mal que quede por la tarde, dejarlo caer entre los camino y el aire para que todo ese bien, nos quede hasta la mañana siguiente, donde empieza otra vez todo, en el mejor de los sitios para uno mismo, ser la paz y ser el milagro, en uno mismo, en su silencio y en su propia manera de hacer que la vida fluya, como dos hermanos que van y ríen juntos, pero desde siempre, hasta que uno se da cuenta de que la vida no es todo bien o no es todo cansarse y llegar hasta la mañana sin nada que hacer, pues los dos guepardos de las nieves, querían dar todo lo mejor que podían, pero nunca terminaron de educar su instinto, nunca pudieron hacer posible su propia intuición como animales, y entre las mañanas que pasaban, hacían lo posible para correr y divertirse, pero todos los días, uno caminaba hacia su lado, hacia su camino, y poco a poco, paso a paso entre las pisadas del tiempo, entre los años y la vida de aquellos primeros reyes que gobernaban esas tierras, pudieron hacer caminos diferentes, instintos iguales pero con sentidos parecidos, intuiciones iguales pero con perspectiva diferente, donde cada uno gustaba de distintas formas la manera de hacer posible esa paz, en sus interiores, en sus cabezas que miraban cada amanecer y cada atardecer al mismo sitio, pero desde otras distancias, desde otras maneras de mirar y ver.

Había un problema desde que estuvieron los guepardos de las montañas viajando por aquellos lares e hicieran que el primer rey de aquel sitio buscara entre los rincones y espacios, el por qué de los animales salvajes en aquellas tierras, donde no habían animales de pastos, habiendo pastos por todos lados, por todos los rincones, desde los ríos y a ambos lados de las laderas, por entre los lugares que van desde donde amanece hasta donde se esconde el sol, siendo los pastos muy altos en varias épocas del año, y siendo los animales muy pequeños en todas las épocas, pues las liebres saltaban en largos trazos, las ardillas mecían sus colas entre los saltos de copa en copa, los zorros correteaban buscando saltamontes y grillos para saltar encima de ellos y poder mirar al río, donde todo el agua bajaba veces con más peces y veces con menos, pero pocas veces se veían animales más grandes que los jabalíes que correteaban por entre los matorrales, comiendo de las frescas hiervas que mecían los vientos de aquellas tierras lejanas, donde un rey necesitaba de animales más grandes y fuertes para poder empezar a vivir allí, ya que los caballos eran pocos y los pastos muchos, y las pequeños rebaños solo dependían de unos pocos días para crecer y darle a la vida a un poco de trabajo, un poco de tiempo para ellos y para el rey. Este rey venia de muy lejos y estaba acostumbrado a otro tipo de vida, pero la nueva vida que se le dio, la aprovechara en el transcurso de su existencia y en sus generaciones posteriores, que brindan con zumo de frutas en vez de con vino.

martes, 20 de octubre de 2015

1-Häjbeik, La Tierra de los Hermanos.

         Érase una vez que era, en una lejana tierra, donde el frío se colaba por todos los rincones, y la nieve poblaba todas los caminos, donde los témpanos de hielo colgaban entre las rocas, donde los lagos eran largos caminos helados, donde los árboles esperaban el deshielo en primavera para arropar sus ramas con el cálido y tibio despertar de las mañanas, donde los animales del bosque, esperaban tímidos en sus madrigueras: las ardillas en sus huecos de los árboles más fuertes, los topos debajo de la tierra con sus despensas llenas, los osos en sus cuevas invernado, las águilas en las montañas debajo de las rocas que cubren sus nidos, los zorros correteando entre las estepas a la espera de algún insecto que atrapar o algún roedor que pudiera servirle de aliento. Era un sitio en el que las casas tenían grandes chimeneas que alimentaba con unas pocas maderas, pues allí se respetaban a los árboles, ya que alimentaban sus fuegos con trozos de ramas que caían de los árboles, de los grandes y de los pequeños, sobre todo, de los grandes, pues de los pequeños, trataban de cuidar para que se hicieran grandes y fuertes. Era un sitio en el que los paisajes eran blancos y grandes, amplios y limpios, altos y hermosos, donde las montañas parecían pequeñas a lo lejos y donde los paisajes de los valles llenos de árboles se extendían a lo largo y a lo ancho de toda esa tierra, de la tierra en la que todos estamos, pues cuando cerramos los ojos y pensamos en el invierno que vive esta tierra de ensueño, empieza donde todos ponemos un poco de frío y acaba al amanecer, cuando tocamos el sol antes que la nieve, para saber que hacen falta una pocas ramas para calentar el agua que derretida nos dará un poco de calor para comenzar la historia que nos regala la Tierra de Häjbeik.
       Häjbeik era un gran rey, que gobernaba con honestidad y humildad a los moradores de sus tierras, que protegía con fortaleza y valentía a todos sus habitantes y que juzgaba con rectitud y justicia a todos los que procuraba en sus límites. Era un rey que poseía una corona especial, era una corona cedida de los Dioses, la cual le daba el privilegio en su trono y la cual tenía un poder especial, un poder único, un poder magnífico: podía desear la paz y que en su reino se mantuviera. La paz que todos buscamos y la paz que todos necesitamos era el regalo de la corona y además, ya que todos poseemos un poco de esa corona, el que escuchaba la paz, escuchaba el silencio, y la paz que cedía su corona, pues allí, en sus tierra, su trono y su poder, era tal, que todos sabían de su grandiosa valía y por eso, todos querían a su rey.
        Una mañana, cuando despertó nuestro rey, buscó a su lado y al otro y no encontró lo que buscaba, lo que todas las mañanas le hacía pensar y recordar por qué era lo que todos los días nada más levantarse, el que encontraba sentido a sus ancestros, sin las palpitaciones desmesuradas ni la sensación que evocaba su principal recelo en el reinado. Se sentía raro, sentía que le faltaba su gran preciado frio, porque era lo que tenía por las mañana. Él buscaba el frio y la mañana le sonreía, pero no el frio de los pies tocando el suelo, pues tenía alfombras muy grandes que le llevaban hasta su cambiador. Tampoco buscaba el frío de la mañana en la ventana, donde con cada estación podía disfrutar de su propia esencia, del sabor que da mirar y ver salir el sol, de ver y sentir la vida amanece en cada rincón de su alcoba y en cada estímulo de su despertar. Sentía que le faltaba su gran preciado frío, el frío de un sueño que le perturbaba desde hacía mucho. Soñaba que un gran guepardo blanco de las montañas entraba por su habitación y le respiraba, le respiraba en la frente, en la nariz, en los ojos y era entonces cuando él se despertaba y miraba a la ventana, todavía cerrada, dirigiéndose él mismo a su ventana y abriéndola podía ver salir el sol y saber cómo está la mañana, con sus estaciones correspondiente.
          Esa mañana en la que el rey se levantó un poco más tarde, sin tener su sueño, abrió la ventana como de costumbre y miro a través de ella, para ver cómo estaba el día. Ese día estaba el sol un poco más alto, un poco más elevado pues había pasado casi una hora de lo acostumbrado. Desde hacía años tenía ese sueño, un sueño que pregunto a sus sabios y de los cuales solo le dijeron dos cosas. Una era que el animal quería verlo a él en algún momento, pues el guepardo de las montañas, blanco y sigiloso, era el dueño de todos los territorios, pues estaban mucho antes de que sus ancestros vinieran a vivir a esas tierras, y construyeran esos magníficos castillos, e hicieran esas magnificas aldeas, con tanta gente hoy en día y con tan solo unos guepardos de las montañas mirándolos a todos, oyendo cada paso y haciendo de su vida un sigiloso estar, pues nadie había visto uno desde hacía mucho ya que no les gusta que los observen, y se oía de ellos porque aparecieron unos cachorros hace muchos años, y los cuales estuvieron en ese mismo castillo, donde ahora, el rey, esperaba saber por qué le faltaba su tan misterioso y preciado resuello. Otro de los motivos por los que los sabios habían dicho que era, es porque nunca se supo de la procedencia de los cachorros que en una mañana aparecieron con su tatatarabuelo, el rey más antiguo de todos, con los dos cachorros, y lo mas importante, una corona, que se había encontrado en el lugar, según dejó escrito él antiguo rey, donde el Dios Eom de las montañas, que bajo para cederle esa corona forjadas de los cielos y de la tierra, hecha de las manos de los árboles y de los brazos de las piedras, construida con la fuerza del viento y del agua en la forja de las estrella junto a la cima donde el Dios Eom que le cedió la corona, se la dejó con los dos cachorros, con el cachorro del bien y con el cachorro del mal.
         La historia de los dos cachorros, según cuentan los aldeanos, mantuvo el reinado protegido, con la paz y con la mesura concedida en esa corona, pero a los dos cachorros se les entrego dos collares, uno rojo de rubíes y otro azul de zafiros, e iban a verlos durante durante décadas, pues vivieron el uno con el otro, en el castillo de las tierras de Häjbeik y al ser hermanos y ser varones los dos, después de ellos, solo quedo la leyenda de los dos hermanos guepardos blancos de las montañas.
Los dos guepardos, Matti y Jorma, fueron el símbolo de la paz en las tierras de Häjbeik, pues el nombre de Matti que significa “regalo del Señor”, fue siempre el hermano mayor de los dos, más fuerte, más noble y sobre todo, siempre, según cuentan, fue el más cercano al señor de las tierras. Jorma significa “Dios glorificará” y él era el cachorro más tranquilo y paciente, era el que con su rugido hacia callar a los lobos, y el que con una mirada apaciguaba con calma al señor de las tierras.

          Cuenta la leyenda que ellos dos, un día de invierno, salieron acompañando al rey, que por aquellos días, ya había construido su grandioso castillo, y en el que había hecho una habitación para ellos dos, muy cerca de la habitación del rey. En el paseo del rey con los grandes gatos de las montañas se dirigieron hacia el molino de agua, que molía todos los granos que llegaban al reino. Se separaron los grandes guepardos con grandes saltos hasta perderse de vista del rey, que siguió caminando hacia el sitio donde ellos comían. Era allí donde podían estar cerca del agua y de la harina pues preparaban sus grandes panes sin levadura y con leche, además de ser el sitio de recreo, además de ser un punto de encuentro al sonar el cuerno que solo ellos atendían para acercarse a palacio en horas determinadas. Siguió caminando el rey y por la senda, antes de empezar a bajar el camino, apareció un anciano, el cual no se presentó hasta que los dos hermanos se acercaron a él y se sentaron a cada lado de este anciano, quedando el rey delante de su impresión, de la manera más asombrada. No le molestó al rey que los dos animales fueran tan obedientes como para adelantarse hasta encontrar al anciano ni tan dóciles como para sentarse al lado de un desconocido, pero el asombro se convirtió en recuerdos, de aquellos días en que se le entregó de manera espontánea los animales, y la manera en que recordaba la cara de anciano y la mirada de los animales tornada en miradas cálidas, hicieron entender al rey que había llegado la hora.