Los
dos hermanos guepardos estaban predispuestos a convivir, pues
alimentándose de pan sin levadura y con leche, no podían sentir el
olor a la carne ni intentar alimentarse de ella y con sus juegos de
cachorros se hacían domésticos bajo la tutela del rey, que los
entrenaba para que prefirieran unas caricias en la panza a morderse
entre ellos, pues suavizar su educación les daría el privilegio de
convivir también con los seres humanos, a pesar de su procedencia, ya
que venían de las estrellas, junto a la corona que tiene el poder de
amar, hacer gozar y llenar de dicha a quien desea la paz para darle
el gratificante placer de ello.
Llevar
todo el tiempo al cuidado del bien y a la observación del mal, entre
los que hacían posible la vida en el palacio y entre todos los
habitantes que visitaban el castillo, cuidaban también en sus paseos
a todos los que hablaban o a todos los que simplemente pasaban cerca
de los hermanos, haciendo sentir dignidad humana como el posible
hecho que haría hombres de bien, mientras otros, tentados por el
miedo eran sometidos a entregar sus temores con simplemente ir a
visitar el castillo. Vivían dentro de palacio, con esas paredes de
piedra y madera y suelos de baldosas de un color blanco, procedentes
de las montañas sagradas, donde dormían en unas habitaciones hechas
para cada uno, y para cada instante en la noche, con vistas muy
parecidas pero con distintas ventanas, pues una miraba al amanecer y
la otro al atardecer, donde desde siempre, en la ventana del
amanecer, Matti deseaba empezar bien, con todas sus responsabilidades
puestas entre sus patas y con todas las energías para salir y subir
la loma a la montaña cuando podían pasar el rato, antes de ser
llamados para su puesta entre los tronos, uno a la derecha del rey y
otro a la izquierda de la reina, sentados como esfinges y dócilmente
amaestrados, sin cadenas y con los collares de gemas preciosas,
libres y obedientes, ágiles y fuertes, atentos y legibles,
instituidos y estudiosos, tangibles y positivos, armoniosos y
contemplativos, sentados como dos hermanos que se miran el uno al
otro, esperando uno ese amanecer en cada día para saber que tal van
las cosas en esas montañas de que quiere pisar y recorrer para
llegar lejos o hasta la misma cima que guarda un poco de su hermano,
el que buscaba el atardecer, el que necesitaba ir a recorrer las
lomas abajo, y cernirse sobre las patas para llegar y descansar, el
hermano que buscaba la noche y la calma, el que pedía un poco más
de comida, el que esperaba atender al descanso y a la calidez y el
resguardo de la casa, del castillo, de su habitación que daba al
atardecer y que antes de comer y saciar el hambre que se le dan los
cereales con los que acostumbraron a comer a los guepardos de las
nieves. Pasaba por su habitación y miraba por la ventana, miraba
como se escondía el sol, entre las montañas que cubría a sus pies
el gran lago y que el reflejo de colores en distintas épocas del año
se mezclaba con las sombras de los árboles cuando hacia viento y la
nieve caía de sus copas.
Los
hermanos guepardo de las nieves, Matty y Jorma, cada vez que
buscaban, uno un poco la mañana y el otro a la tarde, se
distanciaban entre sus caminos, y entre sus sueños y ensueños que
necesitaban para seguir el uno con el otro, aunque al lado de los
reyes, como dos animales sagrados, como dos enormes mascotas que
mantienen el símbolo de la paz para todos, estuvieran iguales,
idénticos, a diferencia de una mancha que en la frente, pues Matty
tenía una más arriba que Jorma. Ellos fueron regalo del Dios Eom
para poder calmar el pueblo, y darles poder, y darles grandezas a
todos, y sobre todo hacer de los reyes de las tierras de Häjbeik el
más grande de los reinos, para hacer descubrir que la paz hace al
hombre y que la humanidad se construye con el respeto de esa paz.
La
corona que sustentaba el rey llevaba tiempo sin brillar, sin tener su
esplendor mágico, pues ella misma era sabia y conocía todo lo que
necesitaban en su tiempo, pues en reposo, para lograr entender y
conseguir esa paz, entendía que todos llevaban un poco de humanidad
para darle sentido a la vida, con el respeto que ella misma procesa
en los momentos de debilidad, pues con la humildad de reconocer un
error, la paz promueve ese entusiasmo para sí mismo, ya que puede
hacer cursar el milagro del silencio al pedir ese poco a todos nos
hace grandes, como la comprensión que otorgaban a ese silencio el
más sabio y más grande de todos los instantes y momentos, pues
dividía a los dos reinos, el del bien y el del mal.
Siempre
hay un sitio en el que buscar lo correcto y lo incorrecto. Ese sito
que daba la libertad de ser uno mismo y de tener todas las
herramientas para darle al reino el más preciado poder, el poder
darle al pueblo un mejor sitio y un mejor lugar para todos, donde el
bien es ir por las mañanas a buscar que hacer y el poco mal que
quede por la tarde, dejarlo caer entre los camino y el aire para que
todo ese bien, nos quede hasta la mañana siguiente, donde empieza
otra vez todo, en el mejor de los sitios para uno mismo, ser la paz y
ser el milagro, en uno mismo, en su silencio y en su propia manera de
hacer que la vida fluya, como dos hermanos que van y ríen juntos,
pero desde siempre, hasta que uno se da cuenta de que la vida no es
todo bien o no es todo cansarse y llegar hasta la mañana sin nada
que hacer, pues los dos guepardos de las nieves, querían dar todo lo
mejor que podían, pero nunca terminaron de educar su instinto,
nunca pudieron hacer posible su propia intuición como animales, y
entre las mañanas que pasaban, hacían lo posible para correr y
divertirse, pero todos los días, uno caminaba hacia su lado, hacia
su camino, y poco a poco, paso a paso entre las pisadas del tiempo,
entre los años y la vida de aquellos primeros reyes que gobernaban
esas tierras, pudieron hacer caminos diferentes, instintos iguales
pero con sentidos parecidos, intuiciones iguales pero con perspectiva
diferente, donde cada uno gustaba de distintas formas la manera de
hacer posible esa paz, en sus interiores, en sus cabezas que miraban
cada amanecer y cada atardecer al mismo sitio, pero desde otras
distancias, desde otras maneras de mirar y ver.
Había
un problema desde que estuvieron los guepardos de las montañas
viajando por aquellos lares e hicieran que el primer rey de aquel
sitio buscara entre los rincones y espacios, el por qué de los
animales salvajes en aquellas tierras, donde no habían animales de
pastos, habiendo pastos por todos lados, por todos los rincones,
desde los ríos y a ambos lados de las laderas, por entre los lugares
que van desde donde amanece hasta donde se esconde el sol, siendo los
pastos muy altos en varias épocas del año, y siendo los animales
muy pequeños en todas las épocas, pues las liebres saltaban en
largos trazos, las ardillas mecían sus colas entre los saltos de
copa en copa, los zorros correteaban buscando saltamontes y grillos
para saltar encima de ellos y poder mirar al río, donde todo el agua
bajaba veces con más peces y veces con menos, pero pocas veces se
veían animales más grandes que los jabalíes que correteaban por
entre los matorrales, comiendo de las frescas hiervas que mecían los
vientos de aquellas tierras lejanas, donde un rey necesitaba de
animales más grandes y fuertes para poder empezar a vivir allí, ya
que los caballos eran pocos y los pastos muchos, y las pequeños
rebaños solo dependían de unos pocos días para crecer y darle a la
vida a un poco de trabajo, un poco de tiempo para ellos y para el
rey. Este rey venia de muy lejos y estaba acostumbrado a otro tipo de
vida, pero la nueva vida que se le dio, la aprovechara en el
transcurso de su existencia y en sus generaciones posteriores, que
brindan con zumo de frutas en vez de con vino.