martes, 20 de octubre de 2015

1-Häjbeik, La Tierra de los Hermanos.

         Érase una vez que era, en una lejana tierra, donde el frío se colaba por todos los rincones, y la nieve poblaba todas los caminos, donde los témpanos de hielo colgaban entre las rocas, donde los lagos eran largos caminos helados, donde los árboles esperaban el deshielo en primavera para arropar sus ramas con el cálido y tibio despertar de las mañanas, donde los animales del bosque, esperaban tímidos en sus madrigueras: las ardillas en sus huecos de los árboles más fuertes, los topos debajo de la tierra con sus despensas llenas, los osos en sus cuevas invernado, las águilas en las montañas debajo de las rocas que cubren sus nidos, los zorros correteando entre las estepas a la espera de algún insecto que atrapar o algún roedor que pudiera servirle de aliento. Era un sitio en el que las casas tenían grandes chimeneas que alimentaba con unas pocas maderas, pues allí se respetaban a los árboles, ya que alimentaban sus fuegos con trozos de ramas que caían de los árboles, de los grandes y de los pequeños, sobre todo, de los grandes, pues de los pequeños, trataban de cuidar para que se hicieran grandes y fuertes. Era un sitio en el que los paisajes eran blancos y grandes, amplios y limpios, altos y hermosos, donde las montañas parecían pequeñas a lo lejos y donde los paisajes de los valles llenos de árboles se extendían a lo largo y a lo ancho de toda esa tierra, de la tierra en la que todos estamos, pues cuando cerramos los ojos y pensamos en el invierno que vive esta tierra de ensueño, empieza donde todos ponemos un poco de frío y acaba al amanecer, cuando tocamos el sol antes que la nieve, para saber que hacen falta una pocas ramas para calentar el agua que derretida nos dará un poco de calor para comenzar la historia que nos regala la Tierra de Häjbeik.
       Häjbeik era un gran rey, que gobernaba con honestidad y humildad a los moradores de sus tierras, que protegía con fortaleza y valentía a todos sus habitantes y que juzgaba con rectitud y justicia a todos los que procuraba en sus límites. Era un rey que poseía una corona especial, era una corona cedida de los Dioses, la cual le daba el privilegio en su trono y la cual tenía un poder especial, un poder único, un poder magnífico: podía desear la paz y que en su reino se mantuviera. La paz que todos buscamos y la paz que todos necesitamos era el regalo de la corona y además, ya que todos poseemos un poco de esa corona, el que escuchaba la paz, escuchaba el silencio, y la paz que cedía su corona, pues allí, en sus tierra, su trono y su poder, era tal, que todos sabían de su grandiosa valía y por eso, todos querían a su rey.
        Una mañana, cuando despertó nuestro rey, buscó a su lado y al otro y no encontró lo que buscaba, lo que todas las mañanas le hacía pensar y recordar por qué era lo que todos los días nada más levantarse, el que encontraba sentido a sus ancestros, sin las palpitaciones desmesuradas ni la sensación que evocaba su principal recelo en el reinado. Se sentía raro, sentía que le faltaba su gran preciado frio, porque era lo que tenía por las mañana. Él buscaba el frio y la mañana le sonreía, pero no el frio de los pies tocando el suelo, pues tenía alfombras muy grandes que le llevaban hasta su cambiador. Tampoco buscaba el frío de la mañana en la ventana, donde con cada estación podía disfrutar de su propia esencia, del sabor que da mirar y ver salir el sol, de ver y sentir la vida amanece en cada rincón de su alcoba y en cada estímulo de su despertar. Sentía que le faltaba su gran preciado frío, el frío de un sueño que le perturbaba desde hacía mucho. Soñaba que un gran guepardo blanco de las montañas entraba por su habitación y le respiraba, le respiraba en la frente, en la nariz, en los ojos y era entonces cuando él se despertaba y miraba a la ventana, todavía cerrada, dirigiéndose él mismo a su ventana y abriéndola podía ver salir el sol y saber cómo está la mañana, con sus estaciones correspondiente.
          Esa mañana en la que el rey se levantó un poco más tarde, sin tener su sueño, abrió la ventana como de costumbre y miro a través de ella, para ver cómo estaba el día. Ese día estaba el sol un poco más alto, un poco más elevado pues había pasado casi una hora de lo acostumbrado. Desde hacía años tenía ese sueño, un sueño que pregunto a sus sabios y de los cuales solo le dijeron dos cosas. Una era que el animal quería verlo a él en algún momento, pues el guepardo de las montañas, blanco y sigiloso, era el dueño de todos los territorios, pues estaban mucho antes de que sus ancestros vinieran a vivir a esas tierras, y construyeran esos magníficos castillos, e hicieran esas magnificas aldeas, con tanta gente hoy en día y con tan solo unos guepardos de las montañas mirándolos a todos, oyendo cada paso y haciendo de su vida un sigiloso estar, pues nadie había visto uno desde hacía mucho ya que no les gusta que los observen, y se oía de ellos porque aparecieron unos cachorros hace muchos años, y los cuales estuvieron en ese mismo castillo, donde ahora, el rey, esperaba saber por qué le faltaba su tan misterioso y preciado resuello. Otro de los motivos por los que los sabios habían dicho que era, es porque nunca se supo de la procedencia de los cachorros que en una mañana aparecieron con su tatatarabuelo, el rey más antiguo de todos, con los dos cachorros, y lo mas importante, una corona, que se había encontrado en el lugar, según dejó escrito él antiguo rey, donde el Dios Eom de las montañas, que bajo para cederle esa corona forjadas de los cielos y de la tierra, hecha de las manos de los árboles y de los brazos de las piedras, construida con la fuerza del viento y del agua en la forja de las estrella junto a la cima donde el Dios Eom que le cedió la corona, se la dejó con los dos cachorros, con el cachorro del bien y con el cachorro del mal.
         La historia de los dos cachorros, según cuentan los aldeanos, mantuvo el reinado protegido, con la paz y con la mesura concedida en esa corona, pero a los dos cachorros se les entrego dos collares, uno rojo de rubíes y otro azul de zafiros, e iban a verlos durante durante décadas, pues vivieron el uno con el otro, en el castillo de las tierras de Häjbeik y al ser hermanos y ser varones los dos, después de ellos, solo quedo la leyenda de los dos hermanos guepardos blancos de las montañas.
Los dos guepardos, Matti y Jorma, fueron el símbolo de la paz en las tierras de Häjbeik, pues el nombre de Matti que significa “regalo del Señor”, fue siempre el hermano mayor de los dos, más fuerte, más noble y sobre todo, siempre, según cuentan, fue el más cercano al señor de las tierras. Jorma significa “Dios glorificará” y él era el cachorro más tranquilo y paciente, era el que con su rugido hacia callar a los lobos, y el que con una mirada apaciguaba con calma al señor de las tierras.

          Cuenta la leyenda que ellos dos, un día de invierno, salieron acompañando al rey, que por aquellos días, ya había construido su grandioso castillo, y en el que había hecho una habitación para ellos dos, muy cerca de la habitación del rey. En el paseo del rey con los grandes gatos de las montañas se dirigieron hacia el molino de agua, que molía todos los granos que llegaban al reino. Se separaron los grandes guepardos con grandes saltos hasta perderse de vista del rey, que siguió caminando hacia el sitio donde ellos comían. Era allí donde podían estar cerca del agua y de la harina pues preparaban sus grandes panes sin levadura y con leche, además de ser el sitio de recreo, además de ser un punto de encuentro al sonar el cuerno que solo ellos atendían para acercarse a palacio en horas determinadas. Siguió caminando el rey y por la senda, antes de empezar a bajar el camino, apareció un anciano, el cual no se presentó hasta que los dos hermanos se acercaron a él y se sentaron a cada lado de este anciano, quedando el rey delante de su impresión, de la manera más asombrada. No le molestó al rey que los dos animales fueran tan obedientes como para adelantarse hasta encontrar al anciano ni tan dóciles como para sentarse al lado de un desconocido, pero el asombro se convirtió en recuerdos, de aquellos días en que se le entregó de manera espontánea los animales, y la manera en que recordaba la cara de anciano y la mirada de los animales tornada en miradas cálidas, hicieron entender al rey que había llegado la hora.

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