Érase
una vez que era, en una lejana tierra, donde el frío se colaba por
todos los rincones, y la nieve poblaba todas los caminos, donde los
témpanos de hielo colgaban entre las rocas, donde los lagos eran
largos caminos helados, donde los árboles esperaban el deshielo en
primavera para arropar sus ramas con el cálido y tibio despertar de
las mañanas, donde los animales del bosque, esperaban tímidos en
sus madrigueras: las ardillas en sus huecos de los árboles más
fuertes, los topos debajo de la tierra con sus despensas llenas,
los osos en sus cuevas invernado, las águilas en las montañas
debajo de las rocas que cubren sus nidos, los zorros correteando
entre las estepas a la espera de algún insecto que atrapar o algún
roedor que pudiera servirle de aliento. Era un sitio en el que las
casas tenían grandes chimeneas que alimentaba con unas pocas
maderas, pues allí se respetaban a los árboles, ya que alimentaban
sus fuegos con trozos de ramas que caían de los árboles, de los
grandes y de los pequeños, sobre todo, de los grandes, pues de los
pequeños, trataban de cuidar para que se hicieran grandes y fuertes.
Era un sitio en el que los paisajes eran blancos y grandes, amplios y
limpios, altos y hermosos, donde las montañas parecían pequeñas a
lo lejos y donde los paisajes de los valles llenos de árboles se
extendían a lo largo y a lo ancho de toda esa tierra, de la tierra
en la que todos estamos, pues cuando cerramos los ojos y pensamos en
el invierno que vive esta tierra de ensueño, empieza donde todos
ponemos un poco de frío y acaba al amanecer, cuando tocamos el sol
antes que la nieve, para saber que hacen falta una pocas ramas para
calentar el agua que derretida nos dará un poco de calor para
comenzar la historia que nos regala la Tierra de Häjbeik.
Häjbeik
era un gran rey, que gobernaba con honestidad y humildad a los
moradores de sus tierras, que protegía con fortaleza y valentía a
todos sus habitantes y que juzgaba con rectitud y justicia a todos
los que procuraba en sus límites. Era un rey que poseía una corona
especial, era una corona cedida de los Dioses, la cual le daba el
privilegio en su trono y la cual tenía un poder especial, un poder
único, un poder magnífico: podía desear la paz y que en su reino
se mantuviera. La paz que todos buscamos y la paz que todos
necesitamos era el regalo de la corona y además, ya que todos
poseemos un poco de esa corona, el que escuchaba la paz, escuchaba el
silencio, y la paz que cedía su corona, pues allí, en sus tierra,
su trono y su poder, era tal, que todos sabían de su grandiosa valía
y por eso, todos querían a su rey.
Una mañana, cuando
despertó nuestro rey, buscó a su lado y al otro y no encontró lo
que buscaba, lo que todas las mañanas le hacía pensar y recordar
por qué era lo que todos los días nada más levantarse, el que
encontraba sentido a sus ancestros, sin las palpitaciones
desmesuradas ni la sensación que evocaba su principal recelo en el
reinado. Se sentía raro, sentía que le faltaba su gran preciado
frio, porque era lo que tenía por las mañana. Él buscaba el frio y
la mañana le sonreía, pero no el frio de los pies tocando el suelo,
pues tenía alfombras muy grandes que le llevaban hasta su cambiador.
Tampoco buscaba el frío de la mañana en la ventana, donde con cada
estación podía disfrutar de su propia esencia, del sabor que da
mirar y ver salir el sol, de ver y sentir la vida amanece en cada
rincón de su alcoba y en cada estímulo de su despertar. Sentía que
le faltaba su gran preciado frío, el frío de un sueño que le
perturbaba desde hacía mucho. Soñaba que un gran guepardo blanco de
las montañas entraba por su habitación y le respiraba, le respiraba
en la frente, en la nariz, en los ojos y era entonces cuando él se
despertaba y miraba a la ventana, todavía cerrada, dirigiéndose él
mismo a su ventana y abriéndola podía ver salir el sol y saber cómo
está la mañana, con sus estaciones correspondiente.
Esa mañana en la
que el rey se levantó un poco más tarde, sin tener su sueño, abrió
la ventana como de costumbre y miro a través de ella, para ver cómo
estaba el día. Ese día estaba el sol un poco más alto, un poco más
elevado pues había pasado casi una hora de lo acostumbrado. Desde
hacía años tenía ese sueño, un sueño que pregunto a sus sabios y
de los cuales solo le dijeron dos cosas. Una era que el animal quería
verlo a él en algún momento, pues el guepardo de las montañas,
blanco y sigiloso, era el dueño de todos los territorios, pues
estaban mucho antes de que sus ancestros vinieran a vivir a esas
tierras, y construyeran esos magníficos castillos, e hicieran esas
magnificas aldeas, con tanta gente hoy en día y con tan solo unos
guepardos de las montañas mirándolos a todos, oyendo cada paso y
haciendo de su vida un sigiloso estar, pues nadie había visto uno
desde hacía mucho ya que no les gusta que los observen, y se oía de
ellos porque aparecieron unos cachorros hace muchos años, y los
cuales estuvieron en ese mismo castillo, donde ahora, el rey,
esperaba saber por qué le faltaba su tan misterioso y preciado
resuello. Otro de los motivos por los que los sabios habían dicho
que era, es porque nunca se supo de la procedencia de los cachorros
que en una mañana aparecieron con su tatatarabuelo, el rey más
antiguo de todos, con los dos cachorros, y lo mas importante, una
corona, que se había encontrado en el lugar, según dejó escrito él
antiguo rey, donde el Dios Eom de las montañas, que bajo para
cederle esa corona forjadas de los cielos y de la tierra, hecha de
las manos de los árboles y de los brazos de las piedras, construida
con la fuerza del viento y del agua en la forja de las estrella
junto a la cima donde el Dios Eom que le cedió la corona, se la
dejó con los dos cachorros, con el cachorro del bien y con el
cachorro del mal.
La
historia de los dos cachorros, según cuentan los aldeanos, mantuvo
el reinado protegido, con la paz y con la mesura concedida en esa
corona, pero a los dos cachorros se les entrego dos collares, uno
rojo de rubíes y otro azul de zafiros, e iban a verlos durante
durante décadas, pues vivieron el uno con el otro, en el castillo de
las tierras de Häjbeik y al ser hermanos y ser varones los dos,
después de ellos, solo quedo la leyenda de los dos hermanos
guepardos blancos de las montañas.
Los
dos guepardos, Matti y Jorma, fueron el símbolo de la paz en las
tierras de Häjbeik, pues el nombre de Matti que significa “regalo
del Señor”, fue siempre el hermano mayor de los dos, más fuerte,
más noble y sobre todo, siempre, según cuentan, fue el más cercano
al señor de las tierras. Jorma significa “Dios glorificará” y
él era el cachorro más tranquilo y paciente, era el que con su
rugido hacia callar a los lobos, y el que con una mirada apaciguaba
con calma al señor de las tierras.
Cuenta
la leyenda que ellos dos, un día de invierno, salieron acompañando
al rey, que por aquellos días, ya había construido su grandioso
castillo, y en el que había hecho una habitación para ellos dos,
muy cerca de la habitación del rey. En el paseo del rey con los
grandes gatos de las montañas se dirigieron hacia el molino de agua,
que molía todos los granos que llegaban al reino. Se separaron los
grandes guepardos con grandes saltos hasta perderse de vista del rey,
que siguió caminando hacia el sitio donde ellos comían. Era allí
donde podían estar cerca del agua y de la harina pues preparaban sus
grandes panes sin levadura y con leche, además de ser el sitio de
recreo, además de ser un punto de encuentro al sonar el cuerno que
solo ellos atendían para acercarse a palacio en horas determinadas.
Siguió caminando el rey y por la senda, antes de empezar a bajar el
camino, apareció un anciano, el cual no se presentó hasta que los
dos hermanos se acercaron a él y se sentaron a cada lado de este
anciano, quedando el rey delante de su impresión, de la manera más
asombrada. No le molestó al rey que los dos animales fueran tan
obedientes como para adelantarse hasta encontrar al anciano ni tan
dóciles como para sentarse al lado de un desconocido, pero el
asombro se convirtió en recuerdos, de aquellos días en que se le
entregó de manera espontánea los animales, y la manera en que
recordaba la cara de anciano y la mirada de los animales tornada en
miradas cálidas, hicieron entender al rey que había llegado la
hora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario